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Artículo (pdf): J.-F. Lyotard, “El umbral de la historia”

10/06/2010 3 comentarios

Artículo temprano (1966) de Jean-François Lyotard donde se trata de señalar hacia los límites y la génesis de la “historicidad”, entendiéndola así como una categoría a su vez histórica y ya no ontológica. El argumento comenzará a partir de la condición paradójica para una lectura marxista ortodoxa del campesinado (en donde puede leerse una cierta crítica a los planteamientos maoistas) y en general el carácter ahistórico de los modos de producción “estáticos”, para pasar a un análisis estructuralista de las relaciones sociales, donde la noción de “historicidad” resulta ser un concepto desestabilizador, para trata de proponer un principio de explicación del surgimiento de esa noción en la convergencia del principio político griego y de la temporalidad hebrea, mediados por la noción del agón.

La historicidad, como familiarmente nos es dada a nosotros, hombres del siglo XX, como forma de conexión con el otro y, a la vez, como modo de reunión con uno mismo en el tiempo, no es ni completamente griega ni completamente judía. Pero cada una de estas dos dimensiones nace a parte y constituye lo que nosotros podemos llamar aquí signos precursores de la historicidad. Para que ésta se estableciese fue necesario recuperar y combinar ambos signos. Puede verse cómo vuelve a plantearse, en este punto, la problemática del umbral. La política griega y la teleología judía existen antes que la historicidad, pero la anuncian. Su coalescencia será la que la origine, transformando ambos elementos. Dicha unidad no puede ser exclusivamente casual. Es preciso que la casualidad sea integrada en un proyecto. Pero este mismo proyecto se fimda sobre esas formas elementales, parciales, que los griegos y los judíos legan a Occidente. Cuando decimos que el rechazo del estado de cosas presente de su sociedad no lleva a los griegos a esperar una positividad final y que, para los judíos, ésta última no parece alimentarse del primero, nosotros mismos separamos dos rasgos que hoy en día están vinculados estrechamente.

Artículo (pdf): Jean-François Lyotard, El umbral de la historia.
En: Cuaderno gris, Nº. 2, (1997), pags. 137-208.

Artículos (PDF): Q. Racionero, “No después sino distinto. Notas para un debate sobre ciencia moderna y postmoderna” y “El escupitajo de luna o de esmeralda de los filósofos. Algunas notas más sobre ciencia moderna y postmoderna”.

13/05/2010 4 comentarios

Artículo que recoge el texto original de la contribución de Quintín Racionero al debate sobre ciencia moderna y postmoderna que organizó la Fundación March (1998), donde, al hilo de realizar un comentario de las tesis de José Manuel Sánchez Ron y Javier Echeverría, el autor expone con brillantez un concepto lyotardiano de postmodernidad no como caracterización temporal (“no después”) sino como actitud, sensibilidad, condición (“sino distinto”).

En la distinción que antes hemos razonado entre la «modernidad» y lo «moderno», la modernidad no menciona ya, de acuerdo con este análisis, un tiempo histórico, no delimita la vigencia de una determinada episteme. Se limita a enunciar una actitud ante las cosas, un cultivo preciso de la experiencia, una cultura. La cuestión radical es ésta, en definitiva. Porque, ciertamente, situados en el punto inestable del «ahora» —presionados, pues, por la lógica del sentido histórico–, podemos querer desembarazarnos de su estructura epistémica ilegítima, ya que en realidad lo es. Podemos siempre querer rescatar ese tiempo indebidamente ocupado por un discurso en cuya aquiescencia nos sentimos siervos y por cuya negación nos hacemos libres. Pero el problema es si además podemos y queremos reocupar ese espacio con otra, con una nueva episteme: con aquélla que, por ser definitivamente verdadera (y en la medida en que efectivamente lo fuere), realizaría por fin la conceptualización adecuada de lo real, cuyo resultado ha de ser la emancipación del dominio y el cumplimiento de la historia. Ser «moderno» significa responder afirmativamente a la pregunta que involucra ese problema: decir que si podemos y que si queremos. Cada nueva vez. Siempre cada nueva vez. Inacabablemente en lucha con los modelos del pasado. En la idea, sin embargo, de que toda nueva etapa supone una ruptura, pero asimismo una superación; un acabamiento, pero asimismo un progreso. Hasta un estadio final, que, de todas formas, siempre ha de situarse —siempre está situado de hecho— más allá de cualquier experiencia propia. Pues bien, éste es el punto al que desde el principio de estas páginas busco dirigirme. Ser «postmoderno», sentirse en una actitud o de una condición «postmoderna», significa rechazar esa respuesta afirmativa; decir de ella que es incoherente e imposible; practicar, en resumen, un modelo distinto de cultura.

Artículo: Quintin Racionero, No después sino distinto. Notas para un debate sobre ciencia moderna y postmoderna.
En: Revista de Filosofía, vol. 12, nº 21 (1999), pp. 113-155.

En el año 2000, en la Revista ENDOXA, el mismo autor publicó la replica a las críticas que tanto José Manuel Sánchez Ron como Javier Echeverría habían hecho del resumen del artículo anterior, titulada “El escupitajo de luna o de esmeralda de los filósofos. Algunas notas más sobre ciencia moderna y postmoderna”, que os enlazo aquí.

A mi juicio, si se razona desde los análisis postmodemos (y, por tanto, desde las instancias que los identifican, no desde las que se invente un señor cualquiera, ayuno de informaciones), el sentido de un debate sobre ciencia moderna y postmoderna no puede ser otro que el de determinar, ante todo, cuál es el rol que la afirmación de la unidad y autonomía de la ciencia ha cumplido y sigue cumpliendo en los aparatos modernos de la configuración del saber; y, luego, si, en virtud exactamente de la naturaleza de la «actividad» científica y de la orientación que dibuja el marco de sus «conocimientos/contenidos», puede permanecer en ese rol, sin desbordarlo o, más aún, sin ponerlo ella misma en crisis. Esta pregunta —bifronte, según se ve— es la que tipifica en rigor la relación de la postmodernidad con la ciencia. Y es a los efectos de responderla, incluso de poder formularla correctamente, donde cobra toda su importancia el problema que estoy tratando de dilucidar a propósito del fracaso en que hasta ahora ha incurrido la pretensión de referirse de manera unificada y unívoca al método o, en general, a la racionalidad científica.

Artículo: Quintín Racionero, El escupitajo de luna o de esmeralda de los filósofos. Algunas notas más sobre ciencia moderna y postmoderna.
En: ÉNDOXA: Series Filosóficas, vol. 13 (2000), pp. 55-84.

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