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Libro (descarga directa): P. Peñalver, “Márgenes de Platón. La estructura dialéctica del diálogo y la idea de exterioridad”

Inspirado e inspirador, el libro de Patricio Peñalver Márgenes de Platón publicado en 1986 supone una revisión de los diálogos platónicos recogiendo los temas de la tradición hermenéutica contemporánea de Platón: la irreductibilidad a “platonismo”, la secundariedad de lo “doctrinal”, la atención a la forma dialógica de la obra, a los recursos expresivos, a la tensión entre la “crítica a la escritura” platónica y la propia escritura platónica, etc. Tras una “primera parte” general (capítulos I-IV), aunque muy centrada en La República y el Fedro, el libro pasa a interpretar en concreto el Crátilo (V) y El Sofista (VI) para acabar con un análisis de las apariciones en los diálogos del daimon socrático (VII).

Aquel esquema hermenéutico (el marco literario y el núcleo filosófico) cree reconstruir la marcha del diálogo (o más bien la sucesión de sus momentos) como encadenamiento de teorias (criticadas, postuladas, expuestas, ilustradas). Difícil no advertir, sin embargo, en la experiencia de lector, la distancia entre ese «resumen» -quizás claro y coherente- y el texto del diálogo, que «resiste» oscuro y opaco, retador. Es que el diálogo no sitúa simplemente la marcha del logos filosófico en una escena empírica -circunstancias históricas, personajes más o menos dóciles, vacilantes o críticos, entrada en juego de opiniones comunes, o de tradiciones sagradas, referencia a acontecimientos o a situaciones políticas-: sino que el logos avanza a través de esos elementos. Como un héroe de la tragedia, el logos en el diálogo platónico (al menos en uno está a punto de ocurrir un parricidio, como se sabe), pasa por peripecias, vicisitudes, giros, dificultades, luchas, encuentros, reconocimientos: no sería lo que es sin el detalle de esta historia.
Ahora bien, si esto es así, si los elementos miméticos, literarios, dramáticos, detentan una funcionalidad interna en la constitución y en la estructura del diálogo, precisamente como diálogo dialéctico, lo que hay que ver es cómo transforma el elemento dialéctico aquella escena dramática, en lugar de estar simplemente enmarcada en ella: cómo los elementos dramáticos se descentran, por así decirlo, respecto a su función habitual representativa o mimética de una situación empírica (unos personajes, unos caracteres, unas palabras, unas opiniones más o menos ambientales). Aquellos elementos se reorientan en función de la voluntad de verdad y acceso a la esencia que sostiene tan enérgicamente como discretamente el método dialéctico, el eje del diálogo. El vínculo entre el diálogo en el núcleo de su estructura dialéctica, y el diálogo como drama, como mímesis de una conversación viva concreta, no puede establecerse ni en términos de una genealogía histórico-filosófica (reproducción progresivamente estilizada e intelectualizada de las conversaciones del circulo socrático), ni en términos de una genealogía histórico-literaria (el diálogo platónico como etapa de la historia de la literatura griega, explicable por, o en relación con, o en cualquier caso en el mismo plano que sus «precedentes», la épica, el mimo, la tragedia, la comedia), ni tampoco en términos de una genealogía «estética» (como la «retórica» que se superpone a la «lógica» de la filosofía). Hay que pensar más bien, empleando el término de A. Dies, «en una transposición» de la conversación empírica en diálogo dialéctico. Mímesis de la verdad, de la que el autor sabe y de la que el lector debe reconocer su carácter y su rango de juego, que introduce a otra cosa que al referente inmediato que es la conversación concreta, en su nivel «socrático», digamos, «preplatónico».
La transposición de la conversación en diálogo dialéctico, la transformación de la escena «real» representada en el elemento o medium de trabajo del método dialéctico, exige al lector ciertas condiciones. Ante todo, que no lea el diálogo como un libro, como un volumen o una totalidad cerrada: se ha visto el peligro, nunca del todo conjurable, con que los «escritores» amenazan al saber, la tentación que ofrecen de sustituir éste por «manuales»; el saber degeneraría entonces en un cuerpo cerrado, muerto, falsamente sagrado por su aparente intocabilidad e inflexibilidad, provisto de esa mala autoidentidad que emparenta a los escritos con las silenciosas figuras pintadas. El saber al que el diálogo debe introducir evocándolo no puede ser otra cosa que disponibilidad metódica, capacidad de investigación, poder de crítica o examen. El carácter de no-cerrado del diálogo pertenece también a la estructura de los Diálogos llamados «acabados» (esto es, aquellos que resuelven el problema inicial planteado): es que incluso éstos, y no sólo los abiertamente aporéticos, no son más que paradigmas, ejemplificaciones del poder general, indelimitable en una traducción temática, de la diálectica, en el sentido del texto de El Político comentado más amba. La apertura del diálogo platónico -cuyo reconocimiento formal y expreso es una condición de su legibilidad- no es la vaguedad retórica de que todo es indefinidamente cuestionable en filosofía, de que nunca se acaba de saber todo sobre nada, o bien, que sólo cabe plantear problenias; sino la tesis afirmativa, y filosóficamente relevante de que la medida del verdadero saber es toda la vida (La República, 450b, 498a). La vida transciende el diálogo como un fragmento; pero esa perspectiva que trasciende el diálogo es lo que hace legible el diálogo.

Libro (descarga directa): Patricio Peñalver, Márgenes de Platón. La estructura dialéctica del diálogo y la idea de exterioridad. Descargar aquí.
En: Universidad de Murcia, Murcia, 1986.

Índice:
Introducción

I.-El ritmo de la razón y la idea del bien

II.-La seriedad en la expresión en el juego de la escritura
La cuestión platónica
La enseñanza como drama y el lenguaje indirecto
La dialéctica en la retórica, la filosofía en la literatura
El juego de la expresión escrita: El “esperma inmortal” y los “jardines de las letras”

III.-Diálogo y dialéctica
La estructura dialéctica del diálogo
Diálogo, tragedia y comedia
Mito y diálogo. El juego de la fabulación, el lastre de la leyenda

IV.-Estrategias ante la imagen

V.-El discurso y los nombres de las cosas. Lectura dialéctica del Crátilo
La salud del lenguaje y la fantasmagoría onomástica
La dialéctica y los nombres
Las etimologías o la fábrica de los nombres
Mímesis y logos

VI.-Logos, aporía, fantasma. Tentativas sobre El Sofista
El problema interminable
El filósofo, el sofista, el político
La doble aporética: la paralización de las máscaras
La aporética del ser

VII.-El demonio de Sócrates y la dialéctica de Platón

Nota bibliográfica

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